"Cualquier recurso a la guerra, a cualquier tipo de guerra, es un recurso a medios que son inherentemente criminales. Guerra, inevitablemente, es un curso de asesinatos, asaltos, privaciones de la libertad, destrucción de la propiedad.

"


Robert Jackson

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lunes, 27 de febrero de 2012

Los accesorios del crimen

Escrito por Stephen Kinzer para El Guardian.

Traducido por Luis J. Leano

Enero de 2009

El cerebro del genocidio de Ruanda ha sido sentenciado a cadena perpetua, pero no debería estar solo en su celda.

Un tribunal internacional ha sentenciado al cerebro del genocido en Ruanda de 1994, el coronel Colonel Theoneste Bagosora, a cadena perpetua después de encontrarlo culpable de “genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra”. El veredicto sin embargo, es a lo mejor una victoria mezclada en la causa de la justicia global.

Bagosora merece sobradamente su sentencia. Los ruandeses mantienen la responsabilidad central de su propia tragedia y el condenado estuvo entre los más culpables. Poco antes de que la debacle comenzara, anunció estar preparando un “segundo apocalipsis”. Los rebeldes líderes tutsi estuvieron cerca de derrocar el régimen que él ayudó y junto con un par de docenas de camaradas decidió que lo mejor era matar cada tutsi que viviera en el país. Y casi lo logran, organizando la muerte de más de un millón de personas en un periodo de 100 días.



Como castigo, Bagosora probablemente vivirá el resto de sus días en unas condiciones materiales mucho mejores que aquellas que disfrutaron el 95% de los ruandeses. El ha sido privado de su libertad, pero quienes pagan impuesto alrededor del mundo, por conducto de las Naciones Unidas, se asegurarán de que él disfrute de una celda confortable, tres comidas diarias y uno de los mejores cuidados médicos del mundo.

Una cosa sin embargo se habrá perdido. En la edad moderna, las prisiones que mantienen criminales de guerra, asesinos políticos y otros terroristas, están pobladas en su mayoría por salvajes como Bagosora, personas fácilmente identificables como matones que provienen de sitios violentos. De esta manera, el nuevo cerebro de genocidio que ha sido condenado no tendrá la oportunidad de intercambiar pensamientos con sus más gentiles facilitadores.

En un mundo justo, Bagosora tendría compañía francesa en su bloque de celdas. Sin el firme apoyo de Francia, que armó el régimen genocida y ayudó a entrenar a los asesinos, la matanza hubiera sido imposible. Así, parece justo que algunos aristócratas franceses fueran considerados responsables. Un candidato sería el antiguo ministro de asuntos exteriores Alain Juppe quien elaboró la teoría ante el mundo de que la matanza no era un genocidio sino una “guerra tribal” en la cual grupos opuestos eran igualmente culpables. Habría también espacio en una celda para otros que protegieron el régimen ruandés, como por ejemplo Edouard Balladur, Dominique de Villepin and Hubert Vedrine.

Nadie jamás tuvo más placer en la compañia de aquellos hombres que el el francófono de toda la vida Boutros Boutros-Ghali, de tal manera que sería una vergüenza dejarlo fuera de una celda en el mismo bloque. Como secretario general de las Naciones Unidas en 1994, Boutros-Ghali se aseguró de que los miembros del Consejo de Seguridad nunca leyeran los angustiados cables que vertía en Nueva York el desesperado comandante de las Naciones Unidas en Ruanda, General Romeo Dallaire. Aquellos cables hicieron evidente que la matanza no era una erupción de “guerra tribal”, sino el trabajo de Bagosora y de un círculo de otros fanáticos que fácilmente podrían haber sido intimidados, inclusive con una modesta muestra de fuerza.

Mientras el genocidio se desarrollaba, Boutros-Ghali estaba en una extensa gira por Europa. Para asegurarse de que los inculpatorios cables de Dallaire permanecieran ocultos, se amparó en su confiable delegado, Kofi Annan, quien por entonces se desempeñaba como cabeza de las operaciones de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas. Si hay espacio para Boutros-Ghali y sus amigos franceses en el bloque de celdas de Bagosora, debería también haber espacio para Annan.

Ninguna reunión internacional estos días está completa sin Bill Clinton, quien también podría calificar para una celda en el mismo pabellón de Bagosora. Durante los 100 días de genocidio en Ruanda, Clinton ni siquiera convocó una reunión para discutirlo porque sabía que los hechos eran tan abominables que de confrontarse, sería obligado a actuar. Posteriormente dijo no haber tenido conocimiento de lo que pasaba en Ruanda. El General Dallaire lo calificó de mentiroso y Philippe Galliard, que dirigió las operaciones de la Cruz Roja en Ruanda durante el genocidio, estuvo de acuerdo. “Todo el mundo sabía, cada día, en vivo, acerca de lo que estaba pasando”, afirmó luego de la mentira de Clinton.

De la misma manera como Boutros-Ghali tenía un ambicioso suplente pasando saliva por la gran posición, y que sabía que demandar acción para parar el genocidio en Ruanda podría arruinar sus opciones, así también lo hizo Clinton. Su suplente fue Madeleine Albright. Como embajador americano ante las Naciones Unidas, ella trabajó sin cansancio para asegurarse de que la fuerza de paz fuera mantenida muy pequeña e inefectiva para parar la matanza. Posteriormente ella ayudó a bloquear el plan para enviar policía de las Naciones Unidas a desarmar los cientos de miles de genocidas ruandeses que había huído a campos en el este del Congo, una pieza de trabajó que ayudó a crear el infierno congolés de hoy.

La justicia camina despacio, y ninguna lo hace más despacio que la internacional. El Tribunal Penal Internacional para Ruanda ha gastado más de un billón de dólares desde su creación en 1995, y ha completado solamente 40 casos. Todos los acusados han sido ruandeses, como lo serán indudablemente todos aquellos condenados en el futuro. El mote con el que se identifica el Tribunal es “nunca de nuevo”. Uno mejor podría adoptarse de la vieja canción de Bob Dylan que dice: “El rostro del verdugo está siempre bien escondido”.

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