Traducido por Luis J. Leaño.
Hace diez años, las espantosas imágenes de Darfur se grabaron en la conciencia nacional. Después de que un avión del gobierno sudanés bombardeara pueblos en Darfur, el Janjaweed, o milicias árabes respaldadas por el gobierno, barrerían para desocupar la tierra de gente. Quemaron pueblos y cultivos, envenenaron pozos, destruyeron el ganado, violaron sistemáticamente mujeres y niñas y asesinaron civiles. El gobierno de Estados Unidos llamó a las atrocidades patrocinadas por el Estado, un genocidio. La Corte Penal Internacional libró órdenes de captura para quien es cabeza de Estado en ejercicio, el presidente Omar al-Bashir, por actos de genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra cometidos en Darfur.
Ahora, una década después, el conflicto en Darfur continúa y la violencia se ha extendido a lo largo del país. Khartoum lleva a cabo campañas armadas contra los civiles en los Estados sureños de South Kordofan and Blue Nile, en la disputada frontera del territorio de Abyei, rico en petróleo y en todas partes. Sudán demanda nuestra atención no solamente como un asunto de conciencia y Estado de Derecho, sino como factor de seguridad nacional y estabilidad regional.