Roxana Kreimer
Marzo 2, 2026
https://www.youtube.com/watch?v=jKCcE8sVKt8&t=10s
Menos mal que a Trump querían darle el Premio Nobel de la Paz. Su primer gobierno lo hizo con piel de cordero y en este mostró la ilacha. Ya secuestró al presidente de Venezuela, invadió Irak, amenaza con invadir Cuba y todo país que se le antoje.
En las últimas horas, Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva militar masiva contra Irán, con bombardeos entre Irán y otras ciudades, ataques coordinados sobre instalaciones militares y gubernamentales y una escalada que ya provocó al menos 200 muertos y 747 heridos. víctimas civiles, destrucción de infraestructura y la respuesta iraní con misiles y drones contra objetivos israelíes y aliados de la región. Donald Trump afirmó públicamente que mataron al líder supremo de Irán, Ali Jamei. Al menos 148 personas murieron, en su mayoría niñas, en el ataque contra una escuela primaria femenina en el sur de Irán. Del lado israelí se reportó la muerte de una mujer de unos 40 años y 20 heridos por el impacto de un misil iraní en Tel Aviv.
También hubo unos 95 heridos y la cifra procede principalmente de autoridades iraníes sin confirmación independiente completa. En este video vamos a informar primero lo básico de la invasión.
Después nos vamos a referir a un falso dilema muy instalado en la discusión geopolítica, esa idea de que si criticas a Estados Unidos, entonces defendés al régimen iraní. Luego vamos a analizar los intereses que están por detrás de la intervención, la situación interna de Irán, las muertes provocadas por Estados Unidos comparadas con las atribuibles a Irán, la curiosa tendencia de muchos acordarse del derecho internacional solo cuando coincide con sus preferencias, las razones filosóficas y jurídicas para respetarlo, incluso frente a gobiernos autoritarios, por qué la intervención estadounidense en la Segunda Guerra Mundial suele considerarse justificable, mientras otras no lo fueron ni lo son. Finalmente, ¿qué podría ocurrir si esta escalada sigue avanzando hacia un escenario de guerra mundial?
Trump dijo que las negociaciones fracasaron, que intentaron dialogar, que Irán no quiso ceder, que se agotó la vía diplomática. Ahora, lo curioso es que mientras fracasaban esas negociaciones, la flota militar se iba acercando, los portaaviones se posicionaban, los aviones ya estaban listos y las bases en la región estaban en alerta máxima. Una diplomacia bastante particular. Se conversa con una mano y con la otra se va estacionando el portaaviones en la puerta de tu casa. Es como ir a terapia de pareja llevando el escribano para hacer la división de bienes. En su declaración oficial, Trump sostuvo que la operación se lanzó porque Irán estaría escondiendo armas nucleares que representan una amenaza inminente para los aliados de Estados Unidos, para Europa y para los propios Estados Unidos. dijo que no podían permitir que ese régimen tuviera ese tipo de armamento y que había que actuar antes de que fuera demasiado tarde. No sé si les suena lo de guerra preventiva.
Exacto, es lo que están pensando. El mismo argumento que usó Estados Unidos para invadir Irak en el 2003. También había armas de destrucción masiva. También eran una amenaza inminente. También había que actuar ya sin esperar. También era por la seguridad mundial, solo que jamás se encontraron armas de destrucción masiva, ni una. Pero la guerra sí apareció, las muertes sí aparecieron, el caos regional sí apareció, las consecuencias duran hasta hoy.
Las armas imaginarias no estaban, pero la invasión fue muy real. El proyecto Iraq Body Count, que solo registra muertes de civiles confirmados por fuentes verificables, documentó más de 200,000 muertos civiles. Eso fue consecuencia de las acciones de Estados Unidos en Irak. Sumando combatientes de todos los bandos, varios estudios sitúan las muertes directas entre 200,000 y 300,000 personas. Y hay otro detalle incómodo en este discurso alarmista sobre el peligro nuclear. El único país que usó armas nucleares contra la población civil fue Estados Unidos, no Irán, no Corea del Norte, no la Unión Soviética. Estados Unidos y dos veces.
Después están los nombres épicos de las operaciones militares, porque toda guerra necesita marketing. Esta vez eligieron algo así como león rugiente, operación león rugiente. Siempre de animales feroces, nunca vemos una operación llamada paloma reflexiva, conejo dialoguista o carpincho de la Concordia. Nadie lanza la operación abrazo multilateral, no. Siempre son felinos enfurecidos y tormentas justicieras. La paz, evidentemente, no tiene departamento de prensa. Podrían haber intentado algo más honesto, operación intereses estratégicos, operación control de recursos, operación geopolítica de siempre, pero eso no queda bien en los discursos. Y acá aparece el falso dilema geopolítico que nos quieren vender otra vez. Si criticas el ataque de Estados Unidos, entonces estás defendiendo al régimen iraní, como si el mundo fuera un partido de fútbol y hubiera que elegir camiseta. O estás con Washington o estás con Teherán, o con la OTAN o con los Ayatolas.
Ese razonamiento es intelectualmente infantil, pero políticamente muy útil porque borra la tercera posición, la única que permite pensar que se puede cuestionar a un régimen autoritario y al mismo tiempo rechazar que otro país lo bombardee. Se pueden condenar violaciones a los derechos humanos en Irán sin aceptar que la solución sea una intervención militar externa. Se puede estar en contra de los dos. De hecho, esa es la posición que exige el derecho internacional, que no fue creado para defender gobiernos simpáticos, sino para evitar que el mundo funcione según la ley del más fuerte. El falso dilema simplifica todo para que no haya debate. Convierte la complejidad en propaganda. Te obliga a elegir bando emocional antes de analizar intereses, pruebas, consecuencias o legalidad. Y mientras discutimos en términos morales abstractos, lo que queda fuera de foco son las preguntas incómodas. ¿Por qué estas amenazas aparecen siempre en regiones estratégicas? ¿Por qué las urgencias militares coinciden con las disputas energéticas? ¿Por qué las guerras preventivas se parecen tanto entre sí, aunque cambien los enemigos?
La historia reciente muestra un patrón bastante más constante que los discursos que la justifican. Pero claro, operación patrón repetido no suena lo suficientemente heroica.
Cuando uno mira la geología, que suele ser más honesta que los discursos, aparecen los datos incómodos. Irán está entre los tres países con más petróleo del mundo, cerca del 12% del total global. Además, tiene importantes reservas de gas. Traducido al castellano básico, no es un desierto sin nada. Es una de las grandes canillas energéticas del planeta y a Estados Unidos no le sienta del todo bien que China sea el principal comprador de petróleo en Irán.
Pero claro, oficialmente no se trata de petróleo, ni de rutas energéticas ni de influencia global. Se trata siempre de la paz, la estabilidad, la democracia y esas cosas que curiosamente aparecen en los discursos justito encima de los yacimientos. La geopolítica nos presenta entonces un falso dilema infantil. O estás con Occidente o estás con la barbarie. Como si el mundo fuera una película mala de superhéroes. Ese esquema binario omite que los conflictos internacionales suelen ser luchas de poder, mercados, recursos y control estratégico, no cruzadas morales. El propio contexto regional muestra que la ofensiva ocurre en un momento de enorme fragilidad interna iraní, con crisis económica, inflación y tensiones sociales profundas agravadas por sanciones y conflictos. Es decir, un país debilitado estructuralmente, lo que en términos históricos siempre fue el escenario ideal para las intervenciones correctivas.
En este marco, lo que se presenta como un conflicto es un capítulo más de la competencia por la hegemonía global y el control de flujos energéticos. Cuando una región concentra recursos estratégicos, rutas marítimas y capacidad exportadora, deja de ser solamente un territorio y se convierte en una pieza del tablero mundial. Y ahí es donde la geopolítica se parece menos a un sermón sobre valores y más a una partida de ajedrez donde los peones siempre son otros.
Ahora bien, nada de lo anterior implica idealizar al régimen iraní. Irán es un sistema político autoritario con fuertes restricciones a las libertades civiles, persecución de la disidencia y una estructura de poder religioso que condiciona la vida cotidiana. En los últimos años hubo protestas callejeras de una magnitud inédita con movilizaciones masivas de jóvenes y sobre todo de mujeres que desafiaron la imposición obligatoria del hijab. Muchas de ellas fueron detenidas, reprimidas e incluso asesinadas por desafiar esa normativa. A eso se suma una crisis económica profunda con una inflación anual cercana al 42%, deterioro del poder adquisitivo y en los últimos días el bloqueo o una fuerte restricción del acceso a internet como forma de controlar la circulación de información y la organización de las protestas. Es decir, estamos hablando de un régimen cuestionado internamente con tensiones sociales reales, reclamos legítimos y una sociedad que viene mostrando signos de hartazgo.
Pero que un gobierno sea autoritario no convierte automáticamente en legítima una invasión extranjera. Son dos planos distintos.
Confundirlos otra vez es caer en el falso dilema. La experiencia histórica muestra que las dictaduras suelen caer más por una combinación de presión interna sostenida, aislamiento diplomático y transformaciones económicas, que por intervenciones militares externas que muchas veces producen el efecto contrario, fortalecen al régimen al permitirle presentarse como defensor de la nación frente a un enemigo extranjero. El nacionalismo defensivo termina dándole aire a gobiernos que estaban debilitados. Hay ejemplos bastante claros de transiciones impulsadas principalmente por dinámicas internas y presión internacional no militar. Chile en el final de la dictadura de Pinochet, Filipinas con la caída de Marcos, Polonia con el proceso encabezado por Solidaridad y Checoslovaquia durante la revolución de Terciopelo. En contraste, intervenciones armadas como las de Estados Unidos en Irak o Libia, desarticulan estados enteros, generaron guerras prolongadas y dejaron sociedades más inestables, no más democráticas. Criticar al régimen iraní entonces no obliga a justificar una invasión y oponerse a la invasión no implica defender a ese régimen. Entender esa diferencia es clave para no repetir errores que la historia ya mostró demasiadas veces.
Estados Unidos suele presentarse como una potencia que interviene para salvar vidas, pero cuando uno mira los datos históricos, la escala de la violencia cambia completamente de dimensión. El proyecto Costos de la Guerra de la Brown University estima que las guerras posteriores al ataque a las Torres Gemelas de Nueva York ocasionaron más de 900,000 muertes directas. Aún tomando cálculos conservadores, al menos 480,000 personas murieron directamente por la violencia provocada por Estados Unidos en Irak, Afganistán y Pakistán, incluyendo más de 240,000 civiles. Si se suman los efectos indirectos, hambre, destrucción sanitaria, desplazamientos y violencia derivada, los estudios elevan el impacto total a más de 4 millones y medio de muertes vinculadas a esas guerras. Pero como total son muertes que ocurren lejos de los Estados Unidos, no se ven en general esas muertes por televisión. No parece importar mucho ni al ciudadano estadounidense promedio ni al mundo occidental en su conjunto. Es decir, estamos hablando de conflictos prolongados con invasiones, ocupaciones militares y bombardeos sostenidos durante décadas cuyo saldo humano es masivo y estructural, no episodios aislados.
Ahora bien, nada de esto convierte al régimen iraní en un ejemplo de respeto por la vida. Las propias protestas internas fueron reprimidas con enorme violencia. Organizaciones de derechos humanos denunciaron masacres de manifestantes y apagones de internet destinados a ocultar la represión.
Distintas estimaciones sitúan las muertes por la represión en cifras que van desde cientos hasta miles con ONGs señalando centenares de fallecidos en pocas semanas y decenas de miles de detenidos. Además, informes internacionales describen persecución, violencia física y psicológica contra mujeres y personas que desafían normas como el uso obligatorio del hijab.
En los últimos años, incluso ejecuciones y condenas a muerte fueron denunciadas como herramientas para sofocar la disidencia tras las protestas sociales y la represión reciente que dejaron miles de víctimas y una sociedad profundamente fracturada. Entonces, cuando se comparan responsabilidades, lo que aparece no es una película de buenos contra malos, sino dos planos distintos. Por un lado, un régimen autoritario capaz de reprimir brutalmente a su propia población. Por el otro, intervenciones militares a gran escala que provocaron cientos de miles o millones de muertes en guerras internacionales. La comparación no sirve para absolver a ninguno, sino para desmontar la idea simplista de que una violencia se corrige con otra. Una objeción frecuente a quienes cuestionan que Estados Unidos ataque a otros países es esta:
Entonces, ustedes habrán estado en contra de que participara Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. La comparación suena fuerte, pero es históricamente incorrecta, porque no todas las guerras son iguales ni responden a las mismas condiciones morales, jurídicas y políticas. En la Segunda Guerra Mundial existía una agresión militar abierta y expansiva de potencias que estaban invadiendo países soberanos de manera sistemática y que ya habían desencadenado una guerra con millones de muertos. No se trataba de una estrategia preventiva ni de una sospecha sobre armas futuras como ahora, sino de invasiones reales en curso, verificables, con ocupaciones territoriales efectivas y crímenes masivos ya cometidos. La intervención estadounidense produjo, además, después de haber sido atacado directamente por Japón en su base naval de Pearl Harbor, ubicada en Hawaii, es decir, en el marco clásico del derecho a la legítima defensa reconocido por el derecho internacional.
En cambio, muchas intervenciones posteriores como Irak en 2003 y otras guerras llamadas preventivas no respondieron a una invasión en marcha ni a un ataque directo, sino a una idea de una amenaza potencial. Es decir, se atacó para evitar algo que pudiera ocurrir en el futuro, no para detener una agresión que ya estaba ocurriendo. Esa diferencia es central porque el derecho internacional prohíbe el uso unilateral de la fuerza, salvo en casos de defensa ante un ataque efectivo o con autorización expresa del sistema multilateral. También hay una diferencia en los objetivos. En la Segunda Guerra Mundial, el propósito era derrotar potencias que estaban rediseñando el mapa mundial mediante la conquista territorial. En muchas guerras contemporáneas, los objetivos son más difusos: cambio de régimen, estabilización regional, lucha contra amenazas abstractas, control estratégico. Esa ambigüedad hace mucho más difícil justificar moral y jurídicamente la intervención.
Hay otra diferencia clave, las consecuencias previsibles. La derrota de Alemania, Italia y Japón dio lugar, con todas sus contradicciones, a un nuevo orden internacional, procesos de reconstrucción y creación de instituciones multilaterales. En cambio, varias intervenciones recientes de Estados Unidos produjeron estados colapsados, guerras civiles prolongadas y regiones más inestables que antes de la invasión. Por eso, oponerse hoy a ciertas guerras no implica sostener un pacifismo ingenuo ni negar que haya conflictos donde el uso de la fuerza pueda estar justificado. Implica distinguir contextos históricos distintos y recordar que si todo se llama otra Segunda Guerra Mundial, entonces la excepción se vuelve regla y cualquier intervención puede presentarse como moralmente necesaria, aunque no lo sea.
Cuando el derecho internacional coincide con la propia ideología, se lo invoca con solemnidad, se lo cita, se lo convierte en bandera moral. Cuando no coincide, se lo relativiza, se lo acusa de inútil, de ingenuo o de estar politizado. Es decir, muchas veces no se discuten las reglas sino si esas reglas favorecen o no al bando propio. Pero el derecho internacional no fue creado para quedar bien en discursos, sino justamente para poner límites cuando el poder militar empuja en sentido contrario.
Durante unos 5000 años, la humanidad resolvió los conflictos entre comunidades, básicamente con la guerra. La paz era apenas un intervalo entre una guerra y otra. Recién, hace unos cuatro siglos empezó a desarrollarse algo distinto. La diplomacia moderna, los tratados, la idea de que los estados podían negociar reglas comunes en lugar de destruirse sistemáticamente. Y la justicia internacional en términos históricos es todavía más reciente. Tiene apenas unas décadas de existencia efectiva con la creación de la Corte Penal Internacional. El problema es que ese intento de reemplazar la guerra por la justicia todavía es muy frágil. De los 195 países del mundo, solo alrededor de 78 aceptan plenamente su jurisdicción obligatoria. Es decir, la humanidad creó un tribunal para juzgar crímenes de guerra, genocidios y crímenes de lesa humanidad, pero todavía no logró que el sistema tenga el respaldo universal necesario para funcionar con toda su fuerza. Es un proyecto en construcción, incompleto, lleno de tensiones, pero representa un cambio de lógica: Pasar de la venganza entre estados a la responsabilidad jurídica individual de los líderes. El objetivo de esta Corte no es decidir quién tiene razón en una disputa política ni rediseñar el mapa del mundo. Su finalidad es mucho más concreta y a la vez más ambiciosa: que los responsables de los crímenes más graves, genocidio, crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad, no pueden ampararse en la soberanía estatal para quedar impunes. Es decir, sustituir la lógica de la represalia armada por la de la rendición de cuentas.
Como sostiene Luis Moreno Campo en su libro Guerra o Justicia, la guerra produce venganza. La justicia sirve para evitarla. La guerra obliga a elegir bandos. La justicia permite ponerse del lado de las víctimas, cualquiera sea su nacionalidad. La guerra perpetúa el ciclo de violencia. La justicia intenta cerrarlo.
El gran desafío del siglo XXI es que sigamos pensando con categorías de un mundo donde la guerra era un instrumento normal de la política. Pero ahora existe algo que antes no había, armas capaces de destruir a la civilización entera. En un planeta con armamento nuclear, una tercera guerra mundial ya no sería otra tragedia histórica más. Podría ser la última. Y esa es quizás la razón más pragmática, ni idealista ni ingenua para tomarse en serio el derecho internacional. No porque el mundo sea justo, sino porque la alternativa en la era nuclear puede ser directamente inviable para la supervivencia humana.
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